§Ensayo

El príncipe como escarmiento

Del capitán de Köpenick al príncipe Reuss: lo que revela la primera entrevista desde la cárcel sobre los Reichsbürger, QAnon, el grift y la asimetría del estatismo

Rahim Taghizadegan · 12 min de lectura

El 16 de octubre se cumplen 120 años de una actuación que Carl Zuckmayer llamaría más tarde «un cuento alemán». Wilhelm Voigt, un zapatero en paro, se había hecho con un uniforme de capitán comprado pieza a pieza en tiendas de segunda mano. Así vestido, tomó el mando de una patrulla de soldados de la Guardia, ocupó el ayuntamiento de Köpenick, hizo detener al alcalde y confiscar la caja municipal. En realidad solo quería un pasaporte, que las autoridades le negaban desde hacía años. Nadie comprobó su autoridad; bastaba el uniforme. Voigt fue condenado a cuatro años, el káiser lo indultó a los veinte meses y medio mundo se rió de la reverencia prusiana ante todo lo que llevara uniforme. El Imperio alemán estaba lo bastante seguro de sí mismo como para reírse también.

Wilhelm Voigt, el capitán de Köpenick, con traje de rayas y sombrero, las manos en la cintura.
Wilhelm Voigt, el capitán de Köpenick, de paisano.Foto: Bain News Service, Library of Congress, dominio público

Heinrich XIII, príncipe Reuss, que quería restaurar dos principados de aquel Imperio, está en prisión preventiva en Fráncfort desde diciembre de 2022; será su quinta Navidad en una celda, y tras casi cuatro años sigue sin haber sentencia. El 12 de octubre, Roland Tichy publicó la primera entrevista con él. El escarmiento a Reuss es señal de un gran nerviosismo del Estado alemán, precisamente porque la pérdida de confianza contra la que se dirige está plenamente justificada. Un escarmiento saca a uno de la multitud para que la multitud mire; de ahí el peso de los miles de comentarios favorables a Reuss, que hacen el escarmiento aún más evidente. Al día siguiente de la publicación había unos 2500, con 336.000 visualizaciones. Los más votados, cada uno con más de mil «me gusta», hablan de «terrorismo de Estado» y de un «preso político», o constatan sin más: «Y los criminales violentos andan sueltos». Incluso quienes tachan a Reuss de chiflado exigen su liberación.

Lo que cree el príncipe

La entrevista muestra a un hombre cortés, algo prolijo, de unos setenta y cinco años, ingeniero titulado y promotor inmobiliario, que se extravió en un mundo del que todavía no ha salido del todo. A partir de 2018, cuenta, oyó hablar de una «Alianza de la Tierra», un «apéndice de una federación cósmica» que se habría formado tras el asesinato de Kennedy para combatir al «Estado profundo» y querría restaurar Estados soberanos en todo el mundo, empezando por Alemania. La toma del poder debía producirse durante el ejercicio de la OTAN Defender 2020; más tarde, los mensajes anunciaron erupciones solares y apagones. Como no podía quitarse de la cabeza las historias de niños víctimas de abusos rituales en instalaciones subterráneas, dio 50.000 euros para su liberación. Las pirámides de su jardín «hacen bastante», dice; ahí uno se mueve en otra física, que todavía no se comprende. Hoy llama a la Alianza de la Tierra «terrorismo de desinformación», que «parece ser un negocio». Ha descubierto, pues, la estafa, pero sigue creyendo en abusos de niños en círculos políticos, en la vigencia del Reglamento de La Haya sobre la guerra terrestre y en las cláusulas de Estados enemigos de la Carta de las Naciones Unidas, y de ahí deduce que todos los registros de la propiedad serían nulos, incluidos los suyos. Él mismo, dice, solo mantenía una casa abierta en la que se hablaba de todo.

Considero a Reuss un LARPer inofensivo. La abreviatura inglesa designa el live action role play, el juego de rol en vivo, con disfraz y decorado. Los Reichsbürger, los autoproclamados «ciudadanos del Reich», juegan a ser Estado: expiden documentos de identidad, fundan consejos, conceden condecoraciones y presentan proclamas. En el verano de 2021, Reuss quiso entregar a Vladímir Putin, en el foro económico de San Petersburgo, la proclamación de dos principados Reuss restaurados; según su versión, no le dejaron volar. También eso era juego de rol, con la política mundial como decorado. A un hombre que se pasó 32 años peleando por los bienes de su familia, la frontera entre el expediente y el juego se le difumina con más facilidad que a otros.

Quien no cree en nada

El Estado alemán dio sobradas razones para esta pérdida de confianza durante los años de la pandemia, y respondió a la desconfianza con vigilancia: desde 2021, su servicio de inteligencia interior mantiene una categoría propia para la «deslegitimación del Estado relevante para la protección de la Constitución». Un Estado que necesita que su inteligencia interior le vigile la legitimidad sabe mejor que nadie cómo anda de ella. Por desgracia, la desconfianza justificada no hace más sabio a nadie, y Chesterton sabía por qué. En «The Oracle of the Dog» hace decir al padre Brown que el primer efecto de no creer en Dios es perder el sentido común y dejar de ver las cosas como son; de ahí viene el dicho de que quien no cree en nada acaba creyendo en cualquier cosa. Quien ya no cree una palabra del telediario cree el correo de remitentes desconocidos según el cual unos soldados habrían liberado a más de 600 niños en tres días y se dirigirían ahora a la región de Memel. Esta pérdida del sentido de la realidad no tiene que ver con la formación. En la mesa del príncipe se sentaban una jueza que había sido diputada en el Bundestag, médicos, juristas y empresarios. Según una encuesta de 2022, uno de cada ocho alemanes estaba de acuerdo, al menos en parte, con los relatos centrales de QAnon.

Por eso también está justificado el miedo de las autoridades. Un LARP se vuelve peligroso en cuanto los jugadores pierden el sentido de la realidad y olvidan que están jugando, y en el entorno del príncipe no todos lo habían conservado. En la red se incautaron más de 380 armas de fuego y casi 150.000 piezas de munición; antiguos soldados habrían organizado «compañías de defensa territorial» que debían llevar a cabo depuraciones políticas tras el golpe, y según el escrito de acusación la ex diputada guió a coacusados por el Bundestag para reconocer el terreno. Cuando una unidad especial de la policía registró en marzo de 2023 un piso en Reutlingen en relación con el caso, el ocupante disparó contra un agente y lo hirió. El entorno, por tanto, no era tan inofensivo como su anfitrión, y Reuss se dejó instrumentalizar precisamente por su credulidad. A los miembros de su consejo, dice, se los trajeron otros; un príncipe resulta muy práctico, un comodín al que se puede empujar hacia delante.

Grift y juego de rol

El papel del comodín tiene un núcleo económico. En inglés se llama grift, o más exactamente «affinity scam», a la estafa que explota la cercanía ideológica o personal, es decir, la pertenencia a un «nosotros» fingido. El grifter dice: soy uno de los vuestros. Los jugadores de rol y los grifters se necesitan, porque unos ponen la fe y los otros se quedan con la caja; que esta pareja prospera por desgracia también en los márgenes de Bitcoin lo he descrito en El dinero es para los extraños. Según Reuss, en manifestaciones en las que las mismas personas vendían certificados de vacunación falsos y supuestos bonos del Estado se repartieron declaraciones de confidencialidad con las iniciales «PR», de Prinz Reuss. Uno de los coacusados rescató su seguro de vida para la liberación de los niños, y en total habrían circulado hasta 500.000 euros. Reuss estaba entre los que dieron; del negocio que otros hacían con su nombre dice haberse enterado solo por visitantes y en el curso del proceso.

Peter Fitzek interpreta el otro papel de esta obra. El antiguo profesor de kárate se hizo coronar rey de Alemania en Wittenberg en 2012 y dirigió su reino como una empresa, con documentos de identidad, banco propio, mutua de salud propia y terrenos pagados con el dinero de sus seguidores. Voigt había querido un pasaporte del Estado; Fitzek expedía los suyos y los cobraba. Según la Fiscalía Federal, no habría pagado el IVA sobre ingresos de alrededor de diez millones de euros. El reino duró trece años, interrumpidos por procesos por actividad bancaria no autorizada, hasta que el Ministerio del Interior lo prohibió en mayo de 2025; desde entonces Fitzek está en prisión preventiva, acusado de cabecilla de una organización criminal. Reuss, que perdió 50.000 euros, está en cambio acusado de dirigir una organización terrorista y de preparar alta traición.

El caso de QAnon, de cuyo universo narrativo procede la Alianza de la Tierra, es aún más elocuente. Las conspiraciones existen, por supuesto; negarlo sería la más tonta de todas las teorías conspirativas. Una sospecha solo se convierte en relato conspirativo cuando no se entiende una dinámica y por eso hace falta alguien que mueva los hilos. Si los medios, los partidos y las autoridades dicen lo mismo, una élite degenerada tiene que haberse confabulado para encubrir sus crímenes, y si su dominio termina, una alianza buena tiene que haberla derrocado; la versión alemana añade el Imperio, los principados y el tratado de paz que falta. En espejo, también la acusación necesita una cabeza. Un ambiente de estafadores, creyentes y antiguos soldados que se juntó de forma espontánea encaja mal en un proceso que exige un cabecilla, y Reuss asegura que, como ingeniero, es hombre de planes, y que no hubo ninguno. Bajo el vídeo, a su vez, la tesis de una pérfida intriga de los servicios secretos reúne más de un centenar de aprobaciones.

Q fue desde el principio un negocio. En 2022, dos análisis estilométricos independientes señalaron a los presuntos autores de los mensajes: un programador sudafricano y Ron Watkins, el administrador del mismo foro cuyo tráfico procedía en gran parte de los creyentes en Q; ambos lo niegan. Los primeros propagadores vivían de donativos y suscripciones, y alrededor del relato creció toda una industria, hasta el merchandising. Ninguno de ellos ha sido acusado, y Watkins incluso se presentó al Congreso de Estados Unidos en 2022. Quien puso QAnon en el mundo y se lucró masivamente con él, el grifter en suma, sigue libre, mientras el LARPer inofensivo que pagó por esa creencia lleva casi cuatro años detenido.

El idealismo alemán

La entrevista es más reveladora allí donde Reuss habla de sí mismo. Nunca trabajó para sí, dice; no es más que «un eslabón de la cadena». No entiende por qué nadie comprende que alguien actúe de forma «desinteresada», y tampoco al tribunal le cabe en la cabeza. Su casa «ya no tiene ningún derecho», solo «deberes que se derivan de nuestra estructura». En la casa Reuss todos los hijos se llaman Heinrich desde la Edad Media y solo se distinguen por un número ordinal. Un hombre que se concibe como el número de un todo superior, el único que posee derechos y dignidad, es la criatura típica del idealismo alemán. En Fichte ese todo era la nación, en Hegel el Estado; para el Reichsbürger es el Reich, que perdura como idea aunque en la realidad ya nadie lo administre.

Esa idea, sin embargo, se la proporcionó el propio Estado alemán. En 1973 el Tribunal Constitucional Federal resolvió que el Reich alemán seguía existiendo y conservaba capacidad jurídica, pero que era incapaz de actuar «por falta de organización». Un Reich que solo existe como concepto es idealismo en estado puro, y el Reichsbürger toma la palabra a los jueces, pasando por alto que declararon a la República Federal idéntica a ese mismo Reich. Es un nostálgico del Estado, para quien la República Federal es demasiado poco Estado; añora un Estado más antiguo y más completo, con príncipes, estamentos y tratado de paz, y por eso tiene poco en común con el escepticismo frente al Estado.

A ello se suma un elitismo que apela a la sangre. Las familias de las casas reinantes llevarían un «ADN» procedente de las altas culturas, explica Reuss, una especie de «tuning del ADN»; la cebra reconoce a la cebra y el caballo al caballo. Precisamente en su caso, una pretensión genética de mando es absurda. Por línea paterna desciende de la rama segundona de Reuss-Köstritz, que nunca reinó. La sangre de la línea reinante de Reuss-Gera le llega por su madre, y según la ley de la casa ningún derecho se transmitía por las mujeres. Lo que lo une al último príncipe heredero de esa línea, a quien llama su «abuelo asesinado por los rusos», es una adopción de su padre que regulaba la herencia y no la sucesión en la casa. La línea mayor de la casa se extinguió en 1927 con un príncipe que, a causa de una discapacidad, nunca pudo gobernar por sí mismo. La casa Reuss se había distanciado de su díscolo pariente ya antes de su detención. Lo que Reuss toma por herencia biológica es historia del derecho, y fue precisamente ella la que le cargó con el peso de deberes bajo el cual sacrificó su vida a una restitución que él mismo nunca disfrutaría. Ese desinterés lo dice en serio, y es justo lo que lo convirtió en presa, porque quien paga por un todo superior pide pruebas tarde.

La asimetría del estatismo

Que el Estado actúe contra este ambiente es comprensible en principio. Un monopolio de la violencia desafiado tiende siempre, en una guerra civil fría, a la violencia desmedida y a los escarmientos. Unos 3000 agentes participaron en la redada de diciembre de 2022, siguieron juicios en tres ciudades contra más de dos docenas de acusados, y el artículo 129a del Código Penal, creado en 1976 contra la asesina Fracción del Ejército Rojo, sirve ahora contra un círculo de conversación que reunía a propietarios de armas, soldados y jugadores de rol. Según él, ya es punible una asociación cuyo fin apunta a delitos, y con un anfitrión que mezcla derecho de guerra, cosmos y rescate de niños, esa fase previa se acerca peligrosamente a la tertulia de la taberna.

Es en la medida, que naturalmente no es la correcta, donde se revela la asimetría del estatismo. Cuando se trata de la seguridad de los ciudadanos, el Estado nunca es tan minucioso como cuando se trata de la seguridad de sus propios esbirros, pese a todas las fórmulas huecas sobre la igualdad. En 2016, Anis Amri fue tema seis veces en el Centro Conjunto de Lucha contra el Terrorismo y estaba catalogado como amenaza terrorista; nadie lo detuvo hasta que mató a doce personas en el mercado navideño de Breitscheidplatz. Por el honor de un ministro, en cambio, la policía registró en 2024, a primera hora de la mañana, la casa de un jubilado, entre otras cosas porque había ridiculizado al ministro en X llamándolo «Schwachkopf», imbécil, y desde 2021 el artículo 188 protege a los políticos, hasta los concejales, con más rigor contra la injuria que a sus votantes. Con el mismo espíritu, el rey que sacó millones a sus seguidores pasa por delincuente, y el príncipe en cuya mesa se habló de un golpe, por terrorista.

Los comentarios bajo la entrevista muestran que este escarmiento llega a su público, aunque no como se pretendía. La mayoría ve en él una injusticia, algunos ya la prueba de que algo de verdad habrá en las historias del príncipe; uno pregunta cuánto se habrá acercado este hombre a la verdad para llevar cuatro años encerrado por ello. Así, la dureza del Estado confirma la sospecha misma contra la que se dirige. Al menos la entrevista ha dejado al descubierto el núcleo del asunto: un anciano crédulo dio dinero a estafadores y discutió con sus invitados qué hacer si una alianza venida del cosmos derrocaba al gobierno. Del capitán falso, el Imperio todavía podía reírse. Un Estado que ve en este príncipe a un traidor delata su nerviosismo, y está nervioso porque sabe cuán fundada es la desconfianza de su público.

Rahim Taghizadegan es el último representante austriaco de la Escuela Austriaca en tradición directa, empresario, autor de más de quince libros, docente universitario y fundador de scholarium, citadel.garden y deedsats.

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