El dinero es para los extraños
Lo que falla en Bitcoin: notas de un simpatizante que lo sigue desde 2009.
En un mercado de agricultores de un país cálido, un vendedor acepta mis bitcoins y se alegra a ojos vistas. Un extranjero ha pagado de más, como hacen los extranjeros, y antes de que pase una hora los bitcoins vuelven a ser dólares, y los dólares, un almuerzo. En su pueblo no ha echado raíces ningún dinero nuevo; su alegría tiene un motivo más sencillo. El dinero nuevo puede volver a cambiarse por el viejo antes de que caiga la noche, y por algo que él de verdad quiere. Esa salida inmediata es precisamente la señal reveladora: allí donde el dinero ha llegado de verdad, nadie tiene prisa por abandonarlo. Lo que conferencias, libros y podcasts llaman de común acuerdo adopción era, en aquel puesto, una subvención al turismo disfrazada de hecho monetario. Y me invadió el bochorno peculiar de quien sorprende a su propio bando felicitándose a sí mismo.
Sigo Bitcoin desde 2009, nunca como misionero y de vez en cuando como escéptico. Mi duda temprana tenía un origen preciso: yo tenía Bitcoin por el experimento monetario de los «libertarians» y los «Austrians» (dos palabras que en Estados Unidos se fundieron hace tiempo en una sola), y una idea que permanece encerrada en una ideología rara vez crece hasta convertirse en dinero para quienes quedan fuera de ella. Más bien he servido de indicador contrario bastante fiable: en lo más alto de un mercado alcista se me pide que explique, a la buena manera austriaca, por qué la cosa es sólida; en los mínimos, los mismos amigos quieren oír por fin qué es lo que falla en ella. Así he aprendido a desconfiar de mi olfato para el momento oportuno. De «educación sobre Bitcoin» ya hay de sobra, y esto no lo es.
Llamemos a la cosa por su nombre, porque es la enfermedad que hay bajo los síntomas. Casi toda la literatura en torno a Bitcoin (los libros, los podcasts, los escenarios, los hilos) está escrita en un único registro, y ese registro es la autocomplacencia. Al lector se le dice que ha llegado pronto, que es soberano, que está en el lado correcto de la historia; al autor se lo dicen sus invitados del podcast, que son a la vez quienes firman los elogios de su contracubierta y sus compañeros de mesa redonda. En torno a un activo cuya cotización dio durante un tiempo la razón a todos los que estaban dentro se ha formado un círculo cerrado de confirmación. Para algo que aspira a ser dinero algún día, es la peor actitud imaginable, porque el dinero es esa institución humana que no le debe nada a la buena opinión que tenemos de nosotros mismos: el sedimento de innumerables extraños que se ajustan unos a otros sin consultarse, a menudo sin fiarse unos de otros. Una moneda que necesita que sus tenedores se sientan virtuosos ya ha fracasado en la única prueba que cuenta.
Con ello hemos tocado el sentido del título, que es unos cuantos milenios más antiguo que Bitcoin. El dinero es para los extraños. Es para el proveedor del otro lado de la frontera, al que nunca llegamos a ver; para el hombre que no tiene ningún motivo para fiarse de nuestra palabra y todos los motivos para exigir en su lugar algo neutral. Entre amigos se hace trueque, se presta, se perdona; la mesa familiar no lleva libro mayor. La moneda entra exactamente allí donde termina el afecto. La vieja fórmula lo dice con más filo todavía: el dinero es para los enemigos. Según esta genealogía, Bitcoin debería haber sido el caso más puro, un dinero para personas que todavía no se atreven a hacer negocios entre sí, indiferente a la tribu de cada cual y sin necesitar el permiso de nadie. Como lema, la frase se sostiene. Lo que el último ciclo construyó de hecho fue un dinero para amigos: para la conferencia, la tribu, los ya convencidos, que se facturaban unos a otros su lealtad y llamaban adopción al resultado.
Bajo la autocomplacencia yace un error más antiguo y más venerable: el pensamiento utópico. La Escuela Austriaca original, la vienesa anterior a su exilio norteamericano, se opuso al idealismo en sentido filosófico, a la convicción de que el mundo es un problema que puede resolverse por completo y de que la idea correcta, creída con la firmeza suficiente, disolverá la fricción de la realidad. La utopía es la promesa de ponerlo todo en orden de una vez. Reaparece bajo dos formas: como cambio de la naturaleza humana o como división limpia del mundo entre los puros y los corruptos. Bitcoin contra fiat encaja sin esfuerzo en la segunda: un mundo partido en dos mitades, lo sólido y lo envilecido, con nosotros, por supuesto, en el lado correcto de la línea. Ese encuadre da impresión de claridad, y es él lo que permite todo lo demás.
Lo que de ello se sigue se divide en dos formas de fracaso que es fácil confundir: el LARP (juego de rol en vivo, el «como si» vivido) y el grift. El LARP es el culto cargo, el estado de quien vive en la certeza de la salvación y se comporta como si la redención ya se hubiera entregado y solo quedara pendiente la contabilidad. En el mercado alcista de una época materialista hasta la médula, Bitcoin puede obrar como una panacea, porque Number Go Up parece redimir a su tenedor de la economía misma. La productividad, la incertidumbre, la paciente asunción del riesgo: de pronto todo eso parece prescindible. Por fin uno puede cazar por la mañana, pescar por la tarde y criticar después de cenar, tal como Marx se lo prometió a los habitantes de su paraíso totalmente automatizado. El LARPer es sincero; simplemente ha tomado una cotización al alza por la abolición de la escasez.
El grift es el gemelo cínico. Toma la misma expectativa de redención y la cosecha: el fraude de afinidad, la pose de salvador, el hombre que se vende a sí mismo como acelerador de lo inevitable. El grifter no cree; vive de la fe de los que creen. El ambiente tiene para la pareja sus propios motes toscos, plebs y suitcoiners, y la crueldad silenciosa del asunto está en que el segundo se alimenta de la sinceridad del primero.
Los dos no solo se confunden; son los polos de un mismo campo, y cada uno se cultiva como antídoto del otro. Frente al grifter, el pleb enarbola su pureza: incorruptible, dueño de sus propias claves, sin deberle nada a nadie, la conciencia limpia de la red. Frente al pleb, el suitcoiner enarbola su alcance: el hombre con influencia, capital y acceso, el que de verdad mueve las cosas. Ambos antídotos son inútiles, y ambos son farisaicos. Ser pleb no es ningún mérito, y una identidad que no descansa en mérito alguno se defiende empequeñeciendo la ambición, envidiosa de todo el que se atreve a aspirar a más. Pero cortejar a las estructuras existentes para darles la vuelta es el error opuesto, y no uno menor: quien se congracia con las estructuras para cambiarlas acaba siendo cambiado por ellas mucho más de lo que él las cambia.
La mayor parte de lo que se celebra como «economía circular» es LARP, aunque el impulso que hay detrás es lo bastante honrado como para merecer una objeción precisa. Piénsese en el ingeniero que llega a la conclusión de que el mundo moderno está financiarizado de arriba abajo, envenenado y corrompido, abandona su profesión y empieza un podcast para difundir la buena nueva: el milésimo podcast sobre Bitcoin, el centésimo libro sobre Bitcoin. Pero el razonamiento económico que hay detrás es confuso. Recuérdese aquel mercado. Bitcoin Beach, en El Zonte, empezó como el trabajo auténtico, concebido a largo plazo, de un solo hombre entregado, y nadie lo tomaría por un LARP. Pero una población sin ahorros, a la que se convierte para que acepte bitcoin y lo vuelva a cambiar esa misma tarde, no está adoptando un dinero. Lo que aporta es un decorado. Todavía tiene cierto encanto que unos forasteros lleven a un lugar su atención y su dinero. El encanto se agria en el momento en que pretende que se lo tome por una revolución monetaria.
El error de fondo es más antiguo que Bitcoin. Un pequeño círculo monetario local abarca demasiado poca división del trabajo como para hacer más rico a nadie. Cuando un hombre que era productivo en Occidente se pone a vender tallas de madera por sats en un puesto de mercado, el romanticismo oculta una caída abrupta de la riqueza real. La riqueza no lo es todo; una vida ascética tiene su propia dignidad, y vivir de forma autosuficiente puede ser hermoso. Pero el dinero existe para ampliar la división del trabajo y la productividad que descansa sobre ella; disfrazar de virtud una retirada de ambas es no entender para qué sirve. Para volver al autoabastecimiento y al trueque no hace falta dinero alguno, y los proyectos de autarquía que de verdad sobreviven viven más de los seminarios que de la tierra: de los visitantes, de pasar la idea de mano en mano. La meta de una verdadera autosuficiencia merece respeto allí donde es verdadera. Puede ser igualmente un LARP, exactamente en el sentido en que cultivar un huerto se convierte en Occidente en LARP en cuanto el hortelano olvida que, a fin de cuentas, es una afición cara y entrañable. Cultivar un huerto es de lo más hermoso que puede hacer una persona. Presentarlo como una alternativa económica capaz de alimentar a una familia es ingenuo y queda a un solo paso de la utopía. Lo que parece la vida más sencilla se sostiene en realidad sobre la misma división del trabajo que pretende haber dejado atrás.
La verdadera aportación de Bitcoin está en la dirección opuesta al círculo. Está en los pagos a través de las fronteras, que enlazan divisiones del trabajo e intercambios de conocimiento que ningún circuito aldeano llegó nunca a alcanzar. Donde el uso local atrae a más bitcoiners, la red crece, desde luego, aunque de un modo ligado al consumo, a través del turismo y de los bienes de consumo: la porción más delgada de cualquier economía, y la de mayor preferencia temporal. La verdadera formación de capital ocurre en otra parte, en las economías de escala, en bienes realmente nuevos y en los bienes de capital que los producen, en combinaciones cada vez más elaboradas de pasos finamente divididos. Llegados a ese punto, ya nada es circular; la economía deja de dar vueltas sobre sí misma y empieza a crecer, gracias a un mejor empleo del capital y no a un consumo de otra índole.
El grift tiene una raíz propia, y es el horizonte temporal corto de nuestra época. Se manifiesta como impaciencia: como la convicción de que el cambio tiene que consistir en convencer a mucha gente en alguna parte, y de que nada es real hasta que la atención lo ha bendecido. Esa hambre es humana y muy antigua; estamos hechos para preocuparnos por lo que otros piensan de lo que hacemos. Así que nos repartimos en burbujas que nos confirman, o nos ponemos a fabricar efectos de red de la atención, hasta que la atención se convierte en el instrumento principal y, finalmente, en un fin en sí misma. Es la economía de los influencers, hoy visible en todos los campos, y Bitcoin no es una excepción. Delata, en todo caso, una alta preferencia temporal que se viste con el vocabulario de una baja: toda la mirada del ambiente está puesta en quienes explotan la atención.
El mercado bajista desenmascara la economía de la atención como algo cercano a un juego de suma cero, contrapuesto a los juegos de suma positiva en los que se construye algo real; y así esta incuba los conflictos que incuba toda comunidad humana. Los que están más cerca unos de otros son los que chocan con más amargura, aunque precisamente el dinero debería unirlos. Cuanto más utópico, y por tanto más político, se percibe Bitcoin, menos actúa como dinero y más como política, que separa.
El último mercado alcista estuvo dirigido, por desgracia, justamente por esa política: por la esperanza impaciente en la adopción estatal, en la atención de las masas, en las entradas de dinero. La frustración de los primeros bitcoiners es comprensible y, aun así, no del todo justificada, porque cada nueva ola de adopción tiene que frustrar a los primeros. Un uso más amplio significa usuarios más corrientes; el recién llegado corriente es, por definición, más corriente. A internet no le fue de otro modo. Si se ponen los sueños utópicos de sus primeros años junto a aquello en que se convirtió, la comparación es un baño de realidad; precisamente la decepción hace olvidar con facilidad lo inmenso que sigue siendo el valor que ha sobrevivido de estos protocolos. El abrazo de políticos ávidos de atención y de intermediarios ávidos de dinero refuta a Bitcoin tan poco como el spam refutó a internet.
Sobre el ciclo mismo, en cambio, el juicio honrado resulta incómodo: demasiada distracción, demasiado poco construido para durar. Demasiada atención y demasiado dinero fluyeron hacia una narrativa estúpida que se sostenía a sí misma, y la atención se repartió casi exactamente al revés. Las verdaderas empresas con tesorería en bitcoin, las muchas pequeñas firmas que de verdad han entretejido el activo en un trabajo productivo, quedaron en gran parte sin celebrar, mientras los aplausos iban a las sociedades de tesorería cotizadas en bolsa y a quienes se habían colgado de su relato. No tengo nada contra los experimentos empresariales; la cuestión de las sociedades de tesorería cotizadas la he pensado a fondo yo mismo, y durante un tiempo me impliqué en ella. Allí donde parece haber una demanda enorme de algo, un empresario tiene el deber de interesarse por ello. Al principio hubo incluso argumentos, como el arbitraje fiscal y la perspectiva de una auténtica innovación financiera, pero lo que llegó tuvo poca sustancia, y las supuestas novedades apenas se distinguían del engranaje habitual del mundo financiero. Así, Bitcoin se encuentra ahora en el descrédito que se ha buscado.
Bitcoin sobrevivirá también a esto. Bitcoin no necesita a los bitcoiners; los bitcoiners necesitan a Bitcoin. No niego que a través de Bitcoin se conozcan personas notables, ni que el crecimiento lento y menudo de una convicción sincera les siente bien tanto a la red como al activo. Las conferencias de Bitcoin pueden ser, tanto en el mercado alcista como en el bajista, un verdadero placer, porque de vez en cuando reúnen en una misma sala dos cosas raras: la crítica al sistema y el optimismo. Lo que las corroe es el hambre de atención.
Hay, pues, muchísima más educación sobre Bitcoin de la que hace falta. La mayoría de la gente, tras pasar por los sistemas escolares, entiende por educación la transmisión de una verdad que, en el instante en que se la vislumbra, debería provocar un giro inmediato que cambie la vida: una actitud en el fondo religiosa ante la verdad. La verdadera educación es un proceso de desarrollo, un despliegue, irreductiblemente subjetivo. Tiene todo que ver con el conocimiento, y el conocimiento es mucho más incómodo de lo que creen los entusiastas: crece en la duda, a partir de buenas preguntas, no de respuestas acabadas. La versión diluida y trivializada de la Escuela Austriaca que circula en torno a Bitcoin sirve de poco, y se vuelve peligrosa en cuanto alimenta el encuadre utópico. El conocimiento tiene que ayudarnos a ver la realidad con más claridad, nos guste o no. La pregunta es siempre qué es lo que de hecho ocurre y qué significa eso para mí; es una lucha subjetiva con hechos incómodos, nunca un cómodo repliegue a un mundo ideal inventado por uno mismo. Vivir en la teoría puede ser, en sí mismo, el más puro de los LARP.
Nada de esto resta valor a la tarea de acercar a otros a un tema difícil desde muchos ángulos. Pero ese trabajo prospera allí donde uno ya goza de confianza y sirve de ejemplo. Precisamente por eso es un error abandonar los propios vínculos, la propia vida, el propio suelo, para vocear lugares comunes ante un público abstracto. El ejemplo pesa más que la lección, y el ejemplo más fuerte es, sencillamente, hacer mejor las cosas; sabelotodos no han faltado nunca. Eso solo se demuestra en los resultados. Las promesas son lo que los nuevos medios recompensan y multiplican. Un historial real se gana a pulso, allí donde uno puede equivocarse sintiéndose del todo seguro; los más inteligentes no están exentos, porque se puede haber reconocido la verdad más profunda y aun así llegar demasiado pronto o estar en el contexto equivocado. El éxito no se puede forzar teniendo las ideas correctas. La ejecución, la tolerancia a la frustración y unos pies tozudamente plantados en el suelo cuentan mucho más a la hora de hacer mejor las cosas. El ansia de atención masiva es humana, y corroe, porque desvía la energía de lo único que, al final, importa.
Hablar es barato, y yo estoy hablando; seamos, pues, concretos. No hay muchos proyectos que muestren de forma creíble que Bitcoin ha ayudado de manera duradera a personas reales. Alguno hay. Pero la mayor parte de las ofertas económicamente viables en torno a Bitcoin es autorreferencial: la compraventa de bitcoin, la custodia, las claves, las carteras, la conservación de frases semilla. La categoría más grande de todas, y la que más se solapa con las demás, es el merchandising, y eso ya es una confesión de que, para muchos, se trata ante todo de identidad. Casi cualquier producto físico en el recinto de una conferencia es merchandising de Bitcoin: bienes corrientes que reciben un logotipo o una alusión y quedan así «revalorizados». Es marketing al borde del grift, autocomplacencia tangible. Los libros sobre Bitcoin son merchandising en cuanto los compran sobre todo bitcoiners, lo que vale para la mayoría de ellos, y lo mismo puede decirse de buena parte del hardware. En julio de 2026 el propio hardware lo demostró: el dispositivo de firma más venerado de la tribu llevaba cinco años con un fallo en la generación de claves, a la vista de cualquiera en el código fuente; en una comunidad que ha hecho voto de «don’t trust, verify», nadie fue a mirar, hasta que un extraño lo hizo y, solo en la primera media hora, se llevó casi seiscientos bitcoins. También el arte bitcoin sigue siendo en su mayor parte merchandising, una serie de marcas de identidad de nicho y de objetos de colección para la tribu. No hay en ello nada vergonzoso. Es actividad económica real, y para un autónomo es un trabajo honrado y decente estar detrás de un puesto y vender algo que ha hecho uno mismo, lo cual es una aportación mucho mayor que hablar, incluido el hablar en vídeos de YouTube. Pero la verdadera fuerza económica procede de empresas mayores y más intensivas en capital: de bienes innovadores, de nuevos procedimientos de fabricación, de nuevas respuestas a problemas que mucha gente tiene de verdad. Lo que quiera ser dinero tiene que incidir en ese mundo. De lo contrario, sigue siendo la ficha coleccionable de un círculo de trueque: encantadora, cien veces más honorable que cualquier dinero impuesto por la fuerza, y aun así vendida muy por debajo de su valor, hasta que un día el precio alcance a ese hecho.
Detrás de todo esto hay un montón de errores económicos, lo cual resulta aún más asombroso cuando tantos ven en la tradición austriaca la justificación misma de Bitcoin. Concedo la versión más fuerte de su argumento: Bitcoin es hoy el motivo principal por el que alguien llega siquiera a dar con la Escuela Austriaca. La mayoría de quienes hoy abren los libros y se hacen las preguntas han llegado a través de Bitcoin. Pero justamente eso debería darnos que pensar. Si la tradición que supuestamente subyace a todo esto se recibe de forma tan superficial, y la curiosidad por sus verdaderos orígenes sigue siendo tan escasa, algo huele a podrido. En parte se explica porque la Escuela Austriaca sobrevivió en Estados Unidos, y sus custodios norteamericanos merecen un agradecimiento sincero: salvaron de la extinción el núcleo económico de la tradición. Pero en el exilio también se ideologizó y quedó separada de la Europa interdisciplinar y realista de la que procede. El contraste difícilmente podría ser más marcado. De un lado, el Privatseminar que Mises dirigía en la Viena de entreguerras, un círculo de economistas, empresarios, banqueros, historiadores y algún que otro novelista que discutían hasta pasada la medianoche y por la mañana seguían siendo amigos. Del otro, las rencillas hostiles sobre minucias ideológicas que dominan el austrianismo trivializado de hoy. La compulsión educativa, el celo misionero, la sed de atención masiva y la recompensa incesante de la atención con más atención: estos efectos de escala que se refuerzan a sí mismos no hacen nada por la prosperidad, puesto que no son juegos de suma positiva, y todo ello pertenece mucho más al linaje del idealismo, del idealismo alemán, del que la Escuela Austriaca fue en su día la antítesis.
Bitcoin solo volverá a alcanzar su potencial cuando, en una fase exactamente como esta, se sacuda ese idealismo prestado y se deje poner los pies en el suelo. Las correcciones merecen ser bien recibidas en lugar de meramente toleradas: hacen sitio a las personas que de verdad construyen; esa es la verdad que encierra la manida frase de que en el mercado bajista se construye. Lo que Bitcoin necesita es realismo y empresarios dispuestos a cargar con la incertidumbre en lugar de abolirla por decreto y con falsas promesas. El idealismo que ahora paga en reconocimiento se cobra su precio más tarde, en la huida del mundo. Hay que devolver el activo una y otra vez a sus orígenes económicos, y con razón, porque de lo contrario su mero crecimiento no significaría nada.
El mundo no necesita otro activo digital cuya cotización suba. Lo que le falta es un protocolo neutral, imposible de censurar, para comunicar valor a través de las fronteras y a través del tiempo. Eso es, al final, lo que hace que el atesoramiento merezca ser defendido: el punto que las demás tradiciones económicas, obsesionadas con el gasto, no dejan de pasar por alto. Atesorar nunca es un fin en sí mismo; es la forma que adopta el ahorro, el modo en que economizamos a través del tiempo, y nunca el último paso. Atesoramos para convertir renta en patrimonio, a fin de que el patrimonio vuelva a ser renta más adelante. Atesoramos para adquirir los bienes de capital que pone en juego la función empresarial. Y atesoramos para poder ayudar a otros, para que una familia prospere, para hacer el mundo un poco mejor: desplazando valor desde donde es menos apremiante hacia donde y cuando logra más. Su rendimiento se manifiesta como una productividad que antes no existía, como nuevos lazos con otras personas, como empresas que antes hubo que levantar, y no como Number Go Up. Es el camino que saca de la autorreferencia y del cortoplacismo, lejos de la mera relación del yo consigo mismo, hacia una relación activa con el mundo. El buen dinero debería permitirnos eso. El mal dinero es una distracción, está lleno de distracciones y alimenta siempre otras nuevas. Mi esperanza para este mercado bajista es modesta: que se sacuda tantas distracciones como pueda, amortigüe el ruido y deje en pie un poco más de señal cuando termine.
Rahim Taghizadegan es el último representante austriaco de la Escuela Austriaca en tradición directa, empresario, autor de más de quince libros, docente universitario y fundador de scholarium, citadel.garden y deedsats.
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