El teorema de regresión explica Bitcoin
Este ensayo se basa en la conferencia «Bitcoin from the Viewpoint of the Austrian School», pronunciada en el 19.º encuentro anual de la Property and Freedom Society, en Bodrum, en septiembre de 2025, y la amplía sustancialmente. La versión inglesa es la de referencia para las citas.
La conferencia
Conferencia original en inglés · 41 minutos · PFS, Bodrum, septiembre de 2025. La reproducción utiliza YouTube.
Resumen. Durante más de una década, economistas de la escuela austriaca han invocado el teorema de regresión de Mises para declarar imposible Bitcoin. Ambos bandos de la disputa posterior lo han interpretado mal. El teorema explica cómo se aprende a valorar un medio de intercambio; no prohíbe nada. Leído correctamente, incluso explica el rasgo más extraño de la historia de Bitcoin: su monetización cíclica, con mínimos cada vez más altos. Añado tres precisiones: el dinero sagrado de Laum al final de la regresión histórica, los costes marginales crecientes de producción como esencia del dinero mercancía y el carácter monetario como cuestión de grado.
1. Una lista peculiar
Durante quince años, economistas de mi escuela declararon imposible Bitcoin amparándose en el teorema de regresión de Mises. Las posibilidades de que llegara a ser dinero eran nulas; su monetización era un mito, un esquema Ponzi, un fraude inflacionista (Shostak 2013; North 2013; LeRoux 2014). Conozco personalmente a varios de estos autores; vi cómo se formaban la mayoría de estos veredictos. Ahora incluso existe una lista de ellos (Kinsella 2025). Este artículo no será una aportación más a esa disputa. Prefiero contar cómo mi conocimiento de la escuela austriaca me ayudó, durante años, a explicar por qué Bitcoin probablemente fracasaría, y qué pude aprender como economista austriaco cuando no fracasó.
Empiezo con una confesión. Cada año hablo de la escuela austriaca en alrededor de una docena de conferencias sobre Bitcoin; la conferencia que dio origen a este artículo fue la primera que pronuncié sobre Bitcoin ante economistas austriacos, y el retraso me avergonzaba un poco. Las tornas han cambiado, y el propio cambio dice algo. Hace algún tiempo se habría supuesto que Bitcoin era un interés minoritario dentro de la escuela austriaca, pues los austriacos estábamos naturalmente abiertos a las formas privadas de dinero. Ahora la escuela austriaca sobrevive más bien como un interés minoritario dentro de Bitcoin: la mayor parte del interés actual por la escuela, la mayoría de los jóvenes deseosos de conocerla, procede de los bitcoiners. Algo profundo debe de haber sucedido, y una escuela cuyos representantes más ruidosos demostraron que el fenómeno era imposible les debe a sus nuevos estudiantes una explicación de lo que realmente afirma su teorema central.
Descubrí Bitcoin a finales de 2009, en un foro llamado anti-state.com, donde alguien pregonaba la idea. Dos cosas se hicieron evidentes al mismo tiempo: parecía una forma de dinero basada en un libro contable y algo que adoptarían los libertarios. Ambas me hacían escéptico. El libro contable es la marca del dinero signo, que exige más o menos esa misma confianza de la que el dinero debería dispensarnos. El dinero permite colaborar a personas que todavía no confían unas en otras; por eso nuestra escuela habla de catalaxia. Había utilizado e-gold, y aprendí dónde reside en último término la confianza en un libro contable cuando mi saldo acabó en manos de una agencia estadounidense. Además, la ficha libertaria parecía confinada a un nicho: quizá al cinco por ciento de los libertarios le interesa el dinero digital, los libertarios son quizá el cinco por ciento de quienes se preocupan por la libertad, y estos quizá el cinco por ciento de la población, siendo optimistas. Algo simpático, pero desde luego sin importancia económica. Aun así, a mediados de 2011, tras el estallido de la primera burbuja, escribí a mis lectores que no podía hacer daño adquirir unos pocos bitcoins, por si se daba el caso improbable de que sobrevivieran; aquello no era una inversión, sino más bien puro juego de azar (Taghizadegan 2011b). Durante años el escepticismo siguió siendo razonable, y lo mantuve. ¿Qué puede aprender un economista cuando algo que su teoría parecía prohibir se niega a morir, ciclo tras ciclo?
2. Lo que afirmó Mises
El teorema fue la respuesta que dio Mises en 1912 a un círculo que avergonzaba a la teoría subjetiva del valor: se demanda dinero porque tiene poder adquisitivo, y tiene poder adquisitivo porque se demanda. Su solución introducía la dimensión temporal: el valor del dinero que utilizamos hoy solo puede explicarse mirando hacia atrás. Explicar el euro exige explicar qué daba su valor al chelín; detrás del chelín está la corona, detrás de la corona el florín y su plata, hasta que la explicación alcanza un bien que las personas apreciaban por sí mismo, antes de cualquier uso monetario (Mises 1912).
En mi propio manual, el teorema aparece en su versión más estricta: llevado hasta sus últimas consecuencias, significa que, al comienzo del proceso de descubrimiento del dinero, la mercancía concreta debía haber tenido una demanda industrial; por tanto, el dinero no es una invención del Estado, lo descubren los participantes en el proceso de mercado (Taghizadegan 2018). Es mi propio glosario, así que la corrección puede empezar en casa. En esa entrada conviven dos afirmaciones de rango muy distinto. Una es praxeológica. Nadie puede valorar una unidad de cualquier cosa como medio de intercambio sin un anclaje en relaciones de intercambio que ya haya observado; la valoración de un medio se aprende a partir de precios recordados. La otra afirmación sostiene que la cadena de anclajes debe terminar en un uso industrial. Es una conjetura histórica sobre cómo comenzó ese aprendizaje, bastante plausible para el ganado y la plata, formulada con los dineros de 1912 ante los ojos.
Bitcoin no ha refutado el teorema de regresión. Pero el teorema debe entenderse como explicación económica y no como ley histórica: no afirma cómo deben desarrollarse las cosas en cada caso histórico; explica las valoraciones de las personas que actúan. Defiendo esta lectura desde 2014, cuando un participante en un seminario me preguntó por primera vez si Bitcoin había refutado a Mises y el debate entre austriacos todavía se consideraba abierto. Solo la afirmación praxeológica tiene fuerza apodíctica; en Mises no aparece ningún requisito de admisión para candidatos a dinero, y la prohibición la añadieron sus lectores.
El propio texto de Mises favorece la lectura más amplia, con mayor claridad de la que recordaba. Extiende sin vacilar la condición más allá del dinero mercancía: el vínculo con un valor de cambio preexistente es necesario tanto para el dinero mercancía como para el dinero crédito y el dinero signo; ningún dinero signo podría surgir sin satisfacer esa condición (Mises 1912; traducción de Batson de 1953, p. 110). Un teorema que admite dineros sin empleo industrial alguno no puede convertir ese empleo en condición de posibilidad. Lo que exige es valoración e intercambio anteriores, cualquiera que sea su motivo, y Mises describe ese punto de partida como el mero resultado de valoraciones subjetivas (p. 121). También separa las condiciones del origen de las de la continuidad: un dinero que ya funciona como tal puede seguir siendo valioso aunque haya desaparecido la fuente original de su valor de cambio (p. 111).
Un accidente más discreto agravó la confusión, y fue filológico. Mises escribió Zeichengeld, literalmente dinero signo o dinero ficha. La traducción de Batson de 1934 lo convirtió en fiat money. Las palabras arrastran sus asociaciones: Sachgeld suena a materia física, fiat a decreto y veredicto moral, valor de uso a utilidad objetiva. Una escuela subjetivista debería haber desconfiado sobre todo de esta última resonancia (Taghizadegan 2021). En cambio, toda una generación se acercó a lo digital con categorías sesgadas antes de empezar cualquier análisis.
3. Dos bandos, una misma lectura equivocada
Los escépticos merecen una reconstrucción justa; su instinto era sano. Shostak (2013) insistía en que algo surgido de la nada no puede adquirir la condición de dinero. North (2013), que había visto muchas manías, olfateaba el mayor esquema Ponzi de la historia. Para Huerta de Soto, las posibilidades eran simplemente nulas, como oían una y otra vez sus alumnos (Kinsella 2025). LeRoux (2014) dio a la ortodoxia su formulación publicada más tajante. Korda (2013) anunciaba el segundo acto de la burbuja; Dowd y Hutchinson (2015) confiaban en que la centralización de la minería y la competencia rematarían el trabajo. Detrás de todo ello hay una cautela propiamente austriaca. Las instituciones monetarias crecen, no se decretan. El propio Mises dudaba de que hubiera existido jamás un dinero signo puro, sin mezcla.
Los defensores se reunieron pronto y argumentaron mejor. El propio Satoshi Nakamoto (2010) observó que algo escaso sin valor inicial puede ponerse en marcha si las personas anticipan su posible utilidad. Šurda (2012) situó cuidadosamente Bitcoin en la tipología del propio Mises. Graf (2013) reconstruyó las etapas mengerianas de los primeros años, una por una. Murphy (2013) advertía a sus colegas misesianos de que el teorema explica el pasado del poder adquisitivo y no legisla su futuro. Davidson y Block (2015) fueron más lejos: el teorema trata del surgimiento de medios de intercambio a partir del trueque y simplemente guarda silencio sobre un bien nacido dentro de una economía monetaria madura, donde los precios en dólares enmarcan toda valoración (p. 322). St. Onge (2014) amplió los puntos de partida admisibles a las propias propiedades monetarias. Ammous (2018) llevó la tradición mengeriana de la vendibilidad al público más amplio alcanzado por la escuela en un siglo. Después llegó la cuestión empírica. Luther y Salter (2017) midieron una demanda que respondía al temor a los rescates; Luther (2019) leyó las primeras listas de correo como un proceso documentado de coordinación; Hazlett y Luther (2020) concluyeron que, según la definición habitual, Bitcoin es dinero dentro de un ámbito modesto pero real. Pickering (2019) respondió que nada de ello pone en aprietos al teorema, cuyo propósito siempre fue la explicación subjetivista, nunca la selección de candidatos. Selgin (2015) cortó el nudo mediante la taxonomía: dinero mercancía sintético, escaso como una mercancía, carente de utilidad no monetaria como el dinero fiat.
Mi posición, mantenida desde los debates de mediados de la década de 2010, está en el segundo bando, con una reserva. No se puede despachar sin más el asunto diciendo: Bitcoin no es dinero porque viola el teorema de regresión. Ese veredicto me parece ideológico, pero también lo es el movimiento inverso: es dinero, por tanto debe cumplir el teorema, y ahora construiré las razones. Ambos tratan una pieza de teoría explicativa como un programa de partido. También hay que cuidar que la defensa no se convierta en un argumento basado en los costes. Lo he oído a menudo, también entre austriacos, y es completamente falso: como la minería cuesta electricidad, la cosa tiene valor; como costaba electricidad desde el principio, tenía valor desde el principio. Es exactamente lo contrario de lo que enseñan Menger y Mises. Se incurre en costes porque se valora la cosa; la factura eléctrica de los mineros es consecuencia de la prima monetaria y del presupuesto de seguridad que esta financia. Una escuela que dedicó un siglo a corregir esta inversión en la teoría del valor trabajo debería poder reconocerla en un centro de datos.
4. Lo que hay al final de la regresión
Si el núcleo praxeológico del teorema es la cadena de aprendizaje y su término histórico una conjetura abierta, la pregunta natural es qué hay realmente al final de las regresiones históricas. Bernhard Laum causó un breve revuelo al sostener que la mayoría de los bienes monetarios tienen un origen mítico; eso chocaba un poco con el espíritu racional de la escuela de Viena, y sus economistas le prestaron poca atención. Laum había estudiado las primeras formas de dinero griego. Al final de la regresión encontraba una y otra vez menos valor de uso subjetivo que premisas objetivas, objetivas aquí en el sentido de extrasubjetivas, mitológicas. El buey se convirtió en medida del valor porque el buey era lo que se debía a los dioses. El óbolo era el espetón de hierro de la carne sacrificial (Laum 1924; Taghizadegan 2011a). A juzgar por su biblioteca, Menger estudió a las tribus remotas más a fondo que la mitología europea. No hace falta seguir a Laum en todo para aceptar la lección. Al comienzo de las regresiones monetarias, la historia muestra culto, estatus, juego y adorno al menos con tanta frecuencia como industria; la estricta cláusula de demanda industrial siempre fue la idealización de un pasado más desordenado, cuyo estudio por Laum apareció doce años después del tratado de Mises.
La senda de regresión también puede partir de algo considerado pieza de colección y conducir a algo considerado activo. Ha ocurrido con muchos bienes, con los relojes y con las obras de arte. El comienzo documentado de Bitcoin tiene exactamente ese aspecto: durante su primer año y medio, una ficha digital de escasez demostrable circuló entre criptógrafos como pieza de demostración y juguete, valorada por un puñado de personas cuyas preferencias no necesitamos compartir para respetarlas (Graf 2013; Luther 2019). No parece del todo ajeno a la mente humana atribuir cierto valor a algo de escasez demostrable, con una historia divertida y gente divertida a su alrededor. El 5 de octubre de 2009 se publicó un primer tipo de cambio en dólares, y el 22 de mayo de 2010 alguien pagó diez mil unidades por dos pizzas (Davidson y Block 2015, p. 327); la ficha ya tenía una historia de precios, y la cadena de aprendizaje que describe el teorema, su anclaje.
La primera vez que comprendí que Bitcoin tenía un valor distinto de cero fue en Silk Road, que estudiaba, por supuesto, por razones puramente científicas. Allí había algo poco habitual para la teoría monetaria: una comparación empírica. Se podían comparar los precios callejeros de ciertos bienes en Viena con sus precios en la darknet y observar la diferencia. Mayor vendibilidad del bien digital para un determinado grupo de personas, más socios de intercambio, mejores relaciones de intercambio: era racional demandar algunos bitcoins, aunque todavía no conservarlos. Años después, empresarios chinos me contaron cómo utilizaban Bitcoin para eludir los controles de capital y, de nuevo, sin juicio de valor: existe una demanda, un uso, mayor vendibilidad para determinadas personas (Taghizadegan 2019). Esto es Absatzfähigkeit en el sentido exacto de Menger (Menger 1892), y tiene una dimensión infravalorada. Históricamente, la más decisiva es la posibilidad de retirada: ¿puede uno sustraer su dinero, la reserva de lo que ha trabajado, a las malas estructuras y al saqueo? Los historiadores económicos hablan de una gran escasez de metales preciosos en la Europa de finales de la Edad Media y culpan a la falta de dinero. Era una época de saqueo creciente y de las pestes que lo siguen; no era momento de tener el dinero a la vista. El dinero se esconde cuando debe y se mueve adonde puede. Así llevaron los metales móviles el capital europeo desde la Roma en decadencia a Venecia y Génova, después a las ciudades hanseáticas, a Flandes, a Ámsterdam, y por el camino reaparecen siempre las mismas familias. Los diamantes son objetos engorrosos, inútiles para las transacciones diarias. En Ámsterdam adquirieron, pese a ello, propiedades monetarias sobre todo en un contexto: se podían coser a una prenda y cruzar fronteras con enormes cantidades de riqueza, incluso comparadas con el oro. Una cartera de doce palabras memorizadas supera al diamante en este aspecto por varios órdenes de magnitud. Por ahora esta dimensión no representa gran parte de la adopción, pero importan las personas: la minoría que se marcha ha fundado repetidas veces el siguiente centro de civilización.
5. Dinero mercancía sin la mercancía
La segunda precisión afecta a la propia categoría de Sachgeld. ¿Cuál es la esencia económica del dinero mercancía? Un subjetivista no puede responder: su materia. La esencia reside en los costes marginales crecientes de producción monetaria que, a diferencia de los de los bienes comerciales ordinarios, no caen con el aumento de la demanda mediante economías de escala (Taghizadegan 2021). Por eso las existencias de las mercancías monetarias clásicas crecen lenta y previsiblemente; ningún productor puede inundar a sus tenedores. Bitcoin hace algo completamente nuevo con esta vieja propiedad. Nunca había existido un dinero signo que sintetizara algorítmicamente un dinero mercancía; la prueba de trabajo y el ajuste de dificultad reconstruyen en código el comportamiento de la oferta que en otro tiempo hacía útil al oro (Taghizadegan 2019). Recibir algo así con escepticismo era perfectamente razonable, y casi todos lo hicieron. Nuestro propio manual para inversores de 2014 todavía clasificaba Bitcoin principalmente como dinero signo, sin resolver la tensión (Taghizadegan, Stöferle y Valek 2014). Selgin (2015) llegó a su dinero mercancía sintético desde la dirección opuesta, ampliando la taxonomía de los regímenes de dinero base mientras yo reinterpretaba desde dentro las categorías de Mises. Su definición ya contiene el criterio: dinero sin valor no monetario que, sin embargo, solo puede reproducirse con un coste marginal de producción positivo y creciente (Selgin 2015, p. 94). Ambos caminos terminan en el mismo objeto, y esa convergencia es en sí misma un indicio a favor de la categoría.
Aquí deben distinguirse dos propiedades: la restricción de producir unidades adicionales y la rivalidad al disponer de las ya existentes. Copiar el software de Bitcoin, su libro contable o sus claves privadas no crea una unidad adicional que pueda gastarse de forma independiente dentro de la misma historia contable aceptada. Una salida de transacción no gastada (UTXO) solo puede gastarse una vez; disponer de ella a favor de un destinatario excluye una disposición contradictoria a favor de otro. Graf (2015, pp. 76–77) distingue con precisión: las claves criptográficas son información no rival, mientras que las UTXO son bienes rivales determinados. Su carácter económico no puede deducirse de que sea copiable la información mediante la cual se controlan.
Esto también limita el alcance del argumento de Kinsella (2021) de que el bitcoin no puede ser objeto de propiedad porque es información. Conocer un código de puerta no establece un derecho a ocupar el apartamento; del mismo modo, producir una firma válida establece la capacidad técnica de disponer de una UTXO, no la legitimidad de esa disposición. Slutskiy (2024) desarrolla un argumento a favor de derechos de propiedad a partir de esa rivalidad. Establecer títulos concretos exigiría una teoría de la adquisición y la transmisión legítimas, más allá del argumento monetario de este artículo. Para ese argumento, lo relevante es que un bien digital puede admitir usos mutuamente excluyentes antes de cualquier prohibición legal de copiar. El teorema de regresión trata de cómo un bien así llega a valorarse en el intercambio; su implementación informática no ofrece motivo alguno para excluirlo de esa investigación.
Según esta lectura, el teorema de regresión y la categoría de Sachgeld, las dos piezas de doctrina austriaca más citadas contra Bitcoin, resultan ser los dos instrumentos más útiles para entenderlo.
6. El teorema como explicación de la monetización
La clave está en otras sutilezas teóricas. Una es la intuición de Hayek de que dinero debería ser un adjetivo más que un sustantivo (Hayek 1976): la monetización es un proceso parcial, evolutivo, incierto, sin resultado binario. Menger había dicho lo mismo antes y con mayor sequedad: la vendibilidad del dinero es solo un caso particular, con una mera diferencia de grado, de la vendibilidad de los bienes en general (Menger 1892, p. 243). La definición de manual, un medio de intercambio generalmente aceptado, solo puede describir el final de ese proceso; exigida a un principiante, elimina por definición todo surgimiento monetario. Se puede negar competencia y responsabilidad a las empresas que trasladan sus reservas de tesorería de deuda pública a corto plazo a Bitcoin; no se puede negar el aumento del carácter monetario de Bitcoin que constituyen esos actos (Taghizadegan 2021).
Y toda monetización significa una disposición creciente a pagar la prima monetaria. Por la historia y la teoría sabemos que el valor de uso de un bien puede volverse insignificante frente a su prima monetaria; el oro nunca tuvo que disculparse por ello. Desde fuera, una monetización y una manía se parecen; la diferencia solo aparece en su evolución a lo largo del tiempo, y aquí, inesperadamente, el teorema de regresión empieza a demostrar su utilidad. Recordamos los precios de Bitcoin en ciclos anteriores, y el recuerdo cambia todo el panorama; a cien mil dólares, los bitcoiners lamentan hoy un mercado bajista. Las correcciones se detienen en niveles que antes se celebraron como cimas. No conozco mejor explicación para este patrón de mínimos cada vez más altos que el propio teorema de Mises: la valoración de un medio se aprende a partir de precios recordados, por lo que un activo en proceso de monetización lleva consigo su historia. El teorema ayuda a explicar la historia de Bitcoin. Los Beanie Babies y los tulipanes solo lograron un ciclo cada uno; un activo que se monetiza tiene memoria.
Un escéptico exige una respuesta aparte porque su argumento es el mejor. Para Huerta de Soto, el dinero es una institución que surge espontáneamente, como el derecho, el lenguaje y las demás instituciones jurídicas y económicas, y no puede diseñarse sobre un tablero de dibujo (Huerta de Soto 2006, p. 737); el teorema de regresión es para él la versión retrospectiva de esa idea y excluye saltos monetarios al vacío al estilo del esperanto. La premisa es de Menger, y es correcta. Solo recae sobre el objeto equivocado. Lo que se diseñó en 2009 fue un protocolo, igual que siempre se han diseñado casas de moneda, monedas y libros contables. La institución, si lo es, es el proceso de adopción de dieciséis años: voluntario, descentralizado, sostenido por millones de personas contra el consejo de la mayoría de los economistas y sin permiso de nadie, es decir, la emergencia orgánica de Menger en una forma más pura que la que muestran la mayoría de los episodios de la historia monetaria. El esperanto es la lengua diseñada que sus hablantes no quisieron adoptar. El protocolo de Bitcoin fue diseñado, su adopción no.
La escuela austriaca también me enseñó, desde el principio, por qué Bitcoin podría no fracasar. En los años noventa, la mayor potencia del planeta había dejado claro que no debía existir uso civil de la criptografía, y cualquier persona razonable, yo incluido, habría considerado imposible de entrada algo como Bitcoin. Pero el software es información, y la información resulta difícil de controlar. Pasa de par a par. La primera versión del núcleo de Bitcoin habría cabido en un libro, y ningún guardia fronterizo busca mensajes cifrados en cada libro. Así, el episodio conocido después como las guerras criptográficas terminó, excepcionalmente, con una victoria del bando de la libertad. China prohibió la minería en 2021; la mayor parte de la potencia de cálculo desapareció de la red; las máquinas se metieron en contenedores, rumbo a Kazajistán y otros lugares, y la potencia de cálculo supera hoy la anterior a la prohibición. Siguieron oleadas de cierres de cuentas bancarias, y la hostilidad de la mayoría de las tesorerías públicas perdura. Böhm-Bawerk (1914) dio a la escuela su contraposición entre poder y ley económica; no siempre gana el poder, y aquí no ha ganado hasta ahora.
7. Lo que puede aprender un economista
La escuela austriaca no recomienda Bitcoin, y la praxeología no recomienda nada. No describo una inversión; describo en qué momento de la adopción nos encontramos. La teoría no ofrece ningún atajo que evite la realidad; es el instrumento que permite distinguir contornos en la niebla de la incertidumbre, y el teorema de regresión es uno de esos instrumentos. Me hizo inteligible el fenómeno monetario más extraño de nuestro tiempo, lentamente, durante quince años, contra mis propias expectativas. Utilizado como profecía, avergonzó a una escuela que, entre todas, debería haber conocido la diferencia entre explicar las valoraciones y predecirlas. La monetización sigue siendo parcial, reversible, a merced de la historia real. La objeción más fuerte también se mantiene como descripción del presente: nadie calcula en bitcoins, y un bien en el que no se denomina ninguna estructura de precios todavía no es dinero en sentido pleno (LeRoux 2014, p. 270). Sin embargo, el propio teorema sitúa el cálculo económico al final de una monetización, no a su entrada; Mises separó las condiciones de origen de un dinero de las de su continuidad, y a un principiante se le juzga por las primeras. Lo observamos con humildad. Donde la realidad se niega a aceptar nuestra lectura, hasta ahora la culpa nunca ha sido de la realidad.
Referencias
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Rahim Taghizadegan es economista y director del scholarium, un instituto de formación independiente en Viena.
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